lunes, 19 de junio de 2017

Salinas de Jaca. El pueblo nómada

Salinas nunca fue un pueblo grande.  Su origen, como su nombre indica, está ligado al establecimiento de un grupo de personas para explotar unas salinas que durante muchos siglos fueron posesión de San Juan de la Peña.  Existen datos desde al menos el s. X, aunque en 1495 Salinas contaba únicamente aún con 5 fuegos (frente a los 40 de Bailo, 17 de Larués o 6 de Paternoy), cuyos cabezas de familia eran:

- Pedro Jaz, alcayde.
- Johan de Fuertes.
- Johan Castán.
- Miguel de Alcayde (¿hijo o familia de Pedro Jaz?)
- Johan de Lobera.
 
Salinas, el pueblo original o "viejo"


Su término tampoco era muy extenso, confrontando por el norte con las pardinas de Jaz (Chaz), Mullermuerta y Rompesacos; por oriente con las pardinas de Visús, de Samper de Asabón y de Tolosana; por el sur con Agüero y por occidente con Fuencalderas y la Pardina de Ferrera.

El estar tan rodeada de pardinas hizo que en el s. XIX, a raíz de la Desamortización, su territorio creciese bastante, cuando varios de estos predios cercanos pasaron a ser término de Salinas (para saber más sobre el tema, el libro “Las pardinas del río Asabón. Crónicas de un mundo olvidado”).  Pero Salinas seguía siendo un pueblo que a mediados del s. XIX apenas contaba con 21 o 22 casas (Madoz le contaba 44 casas, incluyendo en Salinas el “barrio” de Villalangua y pardinas como Montañano, Chaz o Mullermuerta, actualmente en Bailo; o Ceresto, ilocalizada).

Las casas de este lugar, ahora convertidas en meros bultos bajo la vegetación, se desparramaban por una ladera al sur de Punta Espata (topónimo, por cierto, repetido por nuestra geografía, que se podría traducir por “cima pinchuda”). 

Por supuesto, los accesos en este territorio tan montaraz no eran fáciles.  Caminos de herradura que debían de cruzar, bien la Osqueta, bien la Foz, para llegar desde Agüero o Villalangua.


 Las rallas de la Foz

Aunque no por difíciles estaban poco transitados.  En Salinas tenían muchos lazos familiares con Agüero.  Ángeles Callau, de Casa Bastarós, recuerda que siendo niña, su madre la montaba en el burro y le decía “a Casa Zapatero” y el animal la llevaba hasta Agüero. 


Antes de la ruina (arquitectónica y humana) de Salinas, al traspasar la foz homónima llegabas al pueblo por su parte más alta, topándote con la iglesia (bajo la advocación de Santa María Magdalena), el Ayuntamiento, donde además de despachar el secretario se hacía el baile; las escuelas y casa de los maestros y una plaza con un frontón ya que la pelota, junto a lanzar el barrón, eran los juegos favoritos de los hombres.
 

Las antiguas casas han sido escondidas bajo la alfombra, como si los dueños hubieran sentido vergüenza de que el visitante las viera en ese estado


El resto del pueblo se diseminaba a partir de aquí y esencialmente se estructuraba en una calle Alta y una calle Baja, unidas en perpendicular por la calle del Medio.  Al fondo de la calle Alta había una fuente de agua de boca y en esta parte alta del pueblo, cerca del paraje conocido como El Pardinal, estaban también las eras del pueblo.  Había varias eras particulares y una era común, donde las mujeres solían soltar las gallinas y cerdos.

Delante de Casa Bastarós estaba también el horno comunal, donde las distintas casas podían hacer su pan.

Y bajando por la calle del Medio llegábamos a la calle Baja, por donde encontraríamos Casa Visús, con diferencia la más fuerte del lugar.  El escudo de su familia estaba labrado en los muros de la iglesia, donde solían disfrutar de una capilla para escuchar la misa. 

En esta misma parte baja del pueblo estaba también “el cantón”, un grupo de casas en una esquina muy sombría, a juzgar por los recuerdos de sus moradores (Casa Melchor, Ruso..).  En Casa Melchor decían que en invierno en su fachada el sol no pegaba hasta el día de Reyes (“y solo pasaba a saludar”).  También, entre Casa Visús y Casa Sebastiana, estaba el cementerio viejo, aunque nunca vieron ahí entierros o restos de tumbas.

El cementerio de principios del s. XX estaba casi en el cauce del barranco, un poco más abajo de la zona conocida como “Fontiellas”, donde se encontraba el lavadero.  La situación de este lavadero era incómoda para bajar la ropa, aunque era peor a la vuelta, ya que era subida y la ropa mojada pesaba mucho más.  No obstante, también tenía puntos a su favor, ya que estaba cubierto y dicen que el agua en invierno no salía fría.


En ese mismo barranco brotaba una fuente salada, que usaban todas las casas para fabricarse su propia la sal.  La hacían hirviendo ese agua en un caldero en el hogar, aunque en los guisos echaban directamente cucharadas de agua salada ("las madres ya tenían cogido el tino").  



Para el resto de abastecimientos, los de Casa Ismael de Villalangua solían subir una vez a la semana con productos del racionamiento, con aceite, bacalao, jabón o similares.



A la izquierda de la foz se aprecia la construcción cuadrangular de la iglesia de Salinas.  A la derecha de la foz, abajo y entre campos, Villalangua

Pero también había hueco para la fiesta.  En Salinas eran valientes, ya que las celebraban en invierno, para Santa Águeda y San Sebastián; aunque también existía una romería para San Miguel, cuando los de Villalangua subían a buscar a los de Salinas y bajaban todos juntos de vuelta a Villalangua.  Dicen que en “la cruceta” (dos cruces que había al canto del camino ya cerca de Salinas, pasada la Fuen de la Rata) el cura paraba y apuntaba a los que habían faltado de Villalangua.

A mediados del s. XX, supongo que por motivos de mejora de accesibilidad, a los que se debió añadir algún problema de corrimiento de tierras en la ladera, Salinas decidió bajar al conocido como “Salinas nuevo”.  Pero transplantar algo tan viejo, con tantas raíces, no suele dar un buen resultado.  Este último e impresionante esfuerzo por sobrevivir no contaba con la gran sangría humana que la creciente industrialización del país iba a hacer en el medio rural.

martes, 2 de mayo de 2017

Como la hiedra...

Me contaban en Ayerbe que, hace muchos años, cuando en una casa se vendía vino colgaban un ramo de hiedra en la puerta.  Un signo que entendían perfectamente las gentes de la montaña, cuando bajaban a hacer acopio del preciado líquido, entonces imprescindible en cualquier comida, cena, almuerzo o merienda.

Lupe Cebrián, de Casa Cebrián de Ayerbe, me contaba esta anécdota y me relataba además que su madre solía preparar para los montañeses un aderezo potente con el que acompañar y endulzar la cata, de manera que al pasar y comparar por las distintas casas que vendían, acabasen decidiéndose por su vino.

Me gustó esta curiosa historia que relaciona el vino con una planta aparentemente tan dispar como es la hiedra. 


¿Cuanta simbología habremos perdido?

Me decidí a contároslo porque hace unos días leí que en el cacereño pueblo de Tornavacas, en el valle del Jerte, tenían como costumbre colgar hiedra en las casas que vendían vinoProbablemente si alguien lo lee, me comente que en tal o cual pueblo gallego o murciano también ocurría lo mismo.  

Porque hoy en día rescatamos estos datos como anécdotas locales o dispersas por libros de etnobotánica, pero se me ocurre que tal vez hubo un tiempo en que esta cultura tradicional fuese un continuo que, saltando de pueblo en pueblo, cubriese toda la península.  Como la proverbial ardilla.