martes, 2 de mayo de 2017

Como la hiedra...

Me contaban en Ayerbe que, hace muchos años, cuando en una casa se vendía vino colgaban un ramo de hiedra en la puerta.  Un signo que entendían perfectamente las gentes de la montaña, cuando bajaban a hacer acopio del preciado líquido, entonces imprescindible en cualquier comida, cena, almuerzo o merienda.

Lupe Cebrián, de Casa Cebrián de Ayerbe, me contaba esta anécdota y me relataba además que su madre solía preparar para los montañeses un aderezo potente con el que acompañar y endulzar la cata, de manera que al pasar y comparar por las distintas casas que vendían, acabasen decidiéndose por su vino.

Me gustó esta curiosa historia que relaciona el vino con una planta aparentemente tan dispar como es la hiedra. 


¿Cuanta simbología habremos perdido?

Me decidí a contároslo porque hace unos días leí que en el cacereño pueblo de Tornavacas, en el valle del Jerte, tenían como costumbre colgar hiedra en las casas que vendían vinoProbablemente si alguien lo lee, me comente que en tal o cual pueblo gallego o murciano también ocurría lo mismo.  

Porque hoy en día rescatamos estos datos como anécdotas locales o dispersas por libros de etnobotánica, pero se me ocurre que tal vez hubo un tiempo en que esta cultura tradicional fuese un continuo que, saltando de pueblo en pueblo, cubriese toda la península.  Como la proverbial ardilla.