martes, 22 de diciembre de 2015

El maestro de Araguás y un repatán de Embún

Hace muchos años hubo un secretario en Araguás del Solano llamado Juan Castro Escobar.

Juan Castro nació en Casa Terrén de Araguás un lejano 6 de mayo de 1857 y de pequeño fue pastor.  Le gustaba hacer peducos con la lana de las ovejas que quedaba enganchada en las aliagas y, por alguna razón desconocida, con 29 años decidió estudiar para maestro "privadamente" (lo que ahora llamamos "a distancia").


Oroel, testigo de todas las historias ocurridas en este Solano

Tres años más tarde, en 1889, aprobó la carrera y comenzó a trabajar, como maestro y como secretario de Araguás, que por aquel entonces incluía Lastiesas Altas, Lastiesas Bajas y Fraginal.  Y por aquel Ayuntamiento solía acudir un niño de unos 12 años llamado Manuel Lacasta Laplaza, que era de Embún pero estaba de repatán en una casa de Lastiesas.


Dintel de Casa Cavero en Araguás del Solano.
Símbolos cristianos y paganos para protegerse del maligno

El amo de aquella casa lo mandaba siempre a hacer papeles a la tardada, para lo cual el pequeño Manuel tenía que cruzar andando toda la Pardina Sasal, lo que le llevaría más de una hora.  El camino de vuelta a Lastiesas lo tenía que hacer de noche, y ésto enojaba mucho al secretario.  A Juan Castro aquel niño se le quedó grabado, ya que no le gustaba nada que lo obligaran a andar solo a esas horas por el monte.


 Lastiesas Bajas

Muchos años después, con una Guerra Civil y miles de historias buenas y malas de por medio, aquel pequeño repatán había medrado.  A mediados del s.XX Manuel Lacasta regentaba una aserradora en Ayerbe, se había casado y tenía varios hijos.  

En cierta ocasión, acudió a una reunión la familia del novio de una de sus hijas.  En aquella época las familias eran largas, por lo que era fácil que vivieran dispersas por muchos pueblos.  Bajó a Ayerbe incluso el abuelo del novio, un hombre mayor llamado Juan, que resultó haber sido en su día el secretario de Araguás del Solano y que seguía viviendo en su pueblo. 

Al llegar Juan Castro reconoció, bajo aquella fachada de adulto, futuro suegro de su nieto y dueño de una aserradora; al pequeño repatán que cruzaba los montes por la noche para hacer papeles en el Ayuntamiento.

Supongo que hablarían largo y tendido de los cientos de historias vividas en tantos años y de las bonitas casualidades de la vida, que tuve yo la suerte de conocer al recoger para mi hija las historias de sus antepasados.

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